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Chilpancingo, la Guerra que viene…

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Empresarios se arman para enfrentar a la delincuencia

Por ¬ Fernando Hernández Ramos
Fotos ¬ José Luis de la Cruz

Después de haber sobrevivido a dos secuestros y levantones, así como a múltiples extorsiones, y ante la inoperancia de las autoridades en sus tres niveles, municipal, estatal y federal, un empresario de Chilpancingo es asaltado en noviembre del año del pasado y decide armarse contra los pistoleros que tienen en jaque a la capital de Guerrero. Rodolfo Manrique invirtió unos 250 mil pesos en la compra de pistolas, rifles y escopetas de diferentes calibres con los que además armó a sus empleados más cercanos. No es el único caso. La gente ha comenzado a tomar medidas para enfrentar la violencia en Chilpancingo, la capital de Guerrero, considerada en las agendas de seguridad nacional como un foco de altísimo peligro. Todo ello es presagio de una indeseable, pero al parecer inevitable guerra entre civiles y delincuentes. Una guerra de la que se puede saber como empezó, pero de consecuencias impredecibles.

Rodolfo Manrique no se quedó en el terreno del discurso, abandonó las amenazas y decidió comprar armas de diferentes calibres. Su objetivo: prepararse ante otro eventual ataque de los sicarios que mantienen como rehenes a cientos de empresarios y comerciantes en la capital del estado de Guerrero, Chilpancingo.
Después de sobrevivir a dos secuestros, dos levantones, muchas amenazas, y un último asalto en noviembre del año pasado, dice, sin más, que ya está “hasta la madre de la mañosos que abundan y andan por toda la ciudad como una peste”.
Él es un hombre de estatura media, sus facciones son las propias de las de los nacidos en esta región, aunque deja en claro que sus raíces están en un pueblito de Chilapa. Ha decidido bajar su perfil hasta su mínima expresión, para tratar de pasar desapercibido; en su guardarropa no hay más de tres pares de pantalones de mezclilla, y algunas camisas de manga corta, ha cambiado los zapatos por huaraches, aunque de vez en cuando usa unos botines para trabajar en su negocio.
Luego de su primer secuestro ha cambiado la mayoría de sus hábitos y costumbres. Se transformó y vive en una suerte de ermitaño contemporáneo, incluso decidió que no volvería a usar su camioneta de lujo -que era el más visibles de los símbolos de su éxito empresarial–, y ahora se desplaza la mayor parte del tiempo en un vocho. Dejó los teléfonos inteligentes y regresó a los analógicos.
“Ya sería mucho que me quieran chingar este carro. Sólo que de verás un mañoso tenga ganas de uno de estos”, dice con un toque de ironía que refleja la resignación de miles de habitantes de esta capital que tienen que vivir en medio del drama de la violencia.
La entrevista con Rodolfo Manrique se da luego de que a finales del mes de enero, un grupo de empresarios, aglutinado en la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), había soltado a los medios informativos la versión de que tomarían las armas para defender sus comercios, ante una evidente incapacidad de las autoridades de los tres niveles de gobierno para garantizarles seguridad.
Fue el 26 de enero, en un desayunó que sostuvieron con el secretario general de Gobierno, Florencio Salazar Adame, cuando el dirigente de la organización en Chilpancingo, Adrián Alarcón Ríos dejó de manifiesto al funcionario estatal que ante la escalada de violencia que se vive en la capital, un número considerable de sus colegas había decidido adquirir armas permitidas por la Ley para resguardar sus negocios, que en muchos casos corresponden con el sitio en el que mantienen sus residencias.
A lo largo de la entrevista, realizada durante varios días, Rodolfo narra parte de los embates de los que ha sido objeto, de los secuestros que ha vivido, de los asaltos, las extorsiones y el calvario que supone interponer una denuncia ante el Ministerio Público (MP), en dónde se enfrenta “a una burocracia parasitaria que impide el acceso a la justicia”, y donde se corre el riesgo de que lo sepa la maña, enquistada hasta la médula en la Policía Investigadora Ministerial (PIM).
En un punto del norte de Chilpancingo se da el primer encuentro. No muy lejos de la zona en la que hicimos contacto está su negocio, caminamos a su casa, el aspecto que tiene el inmueble refleja la arquitectura cotidiana de esta capital: tres plantas, con un cuarto grande en la azotea, una construcción que casi abarca una manzana, locales en el primer piso, paredes rústicas sin pintar, nada que pudiera ser considerado como el despacho de un próspero comerciante.

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Rodolfo se dedica a la venta de abarrotes, surte a tiendas y negocios de municipios aledaños como Chilapa, Tixtla, Mochitlán y Zumpango, toda su vida se ha dedicado a los negocios, y para su fortuna o desgracia, el bisnes le sale muy bien. Es como una versión tropicalizada de un rey midas, condenado a convertir las cosas que toca en oro, en este páramo que se rige bajo los esquemas de una economía de aspecto feudal.
La suerte de los unos, es la tragedia de los otros, no puedo sacarme esta idea de la cabeza mientras observó cómo mira de manera compulsiva hacia las ventanas.
En una colonia popular instaló su oficina y una de sus bodegas. Cuenta que se trata de una casa que originalmente era de su suegra y que al final se la heredó a su esposa. “Es como mi centro de operaciones, cuando me toque, yo creo que aquí me van a quebrar, pero ahora sí, mínimo a unos dos o tres cabrones si me voy a alcanzar a llevar”, dice con su característico tono sarcástico.
Sus colaboradores más allegados me miran con desconfianza, con la misma con la que miran todo lo que se mueve a cien metros a la redonda de la oficina. En el despacho que improvisó en un cuarto de servicio en la azotea, Rodolfo Manrique me comenta que no sólo decidió armarse él y su familia, sino que también ha dotado con armas a varios de sus empleados.
Sentencia, sin titubeos, que por lo menos unos veinte de sus empleados, “cargan sus fierros” y que también en caso de que les caigan, están dispuestos a todo. “De que lloren en mi casa, mejor que lloren en la de ellos”, dice. No hay otro juicio que pueda explicar de mejor manera, la decisión radical que tomó el comerciante.
Él ha ido más allá. No se trata sólo de tener armas, “lo realmente importante es saber usarlas”. Sus empleados han sido sometidos a un entrenamiento elemental en el manejo de pistolas y sobre todo de escopetas. Habla de las ventajas de las escopetas, reitera constantemente que en manos adiestradas pueden ser mucho más letales que un cuerno de chivo, y hace una argumentación de su poder devastador.
Reflexiona y dice que la gente del pueblo tiene en su manos la capacidad para sacudirse de encima a las mafias, “que tienen arrodillada a la gente, lo que le falta a la raza es armarse, pero de valor y conciencia”, sentencia enfático.
“Yo creo que entre mis trabajadores, mis hermanos, mis hijos, la demás familia debemos de ser unas 150 gentes que andamos con armas. Si se juntan en otra colonia unos 200 y luego en otro lado otros 200, ya serían más de 500, con esos podemos hacer hasta un levantamiento”, suelta al tiempo en que me explica que vivimos condiciones parecidas, en algunos sentidos, a las que vivieron personajes como Vicente Guerrero y Emiliano Zapata. Y reflexiona que en cualquier momento podría reventar un estallido civil en el país, en contra de Estado. Y piensa en voz alta y adelanta que el epicentro de ese temblor será Guerrero.

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Un día de finales de noviembre, Rodolfo Manrique recibía mercancía procedente del estado de Morelos. A pesar de ser tiempos violentos, y de haber sobrevivido a dos secuestros, y a otras tragedias relacionadas con la violencia, aún no había decido hacerse de sus armas. No era algo con lo que estaba de acuerdo, no tanto por los dilemas éticos, sino por los legales.
Su definición de sí mismo es la de “un hombre libre y de buenas costumbres”. Pero lo que pasó esa mañana fue la gota que derramó el vaso y dejaron de importarle los artículos de la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos, texto que ha leído en varias ocasiones, buscando rendijas para tener legalmente en su oficina, no solamente una escopeta. “Y es que para como están las cosas en está aldea, no basta con tener una escuadra calibre .22 milímetros en el cajón del buró de la recamara”, comenta en un voz baja.
Regularmente, cuando se acerca el fin de noviembre en Chilpancingo, se comienza a sentir un frío seco, que anuncia la cercanía de diciembre. Pero Rodolfo recuerda una atmósfera un tanto distinta. “Hacía un calor de la chingada, había mucho polvo, yo estaba sentado, pensando, viendo algunas cosas del negocio, de rutina, lo que hacemos siempre un día de esos que todo el mundo conoce como un día normal” . Pero ese día sería diferente.
El ruido de dos disparos rompió con lo cotidiano que lucía el día. Desde el mostrador, ubicado en la planta baja de la casa que alberga la oficina, observó movimiento de coches y los gritos de los vecinos. Nunca se está del todo curado de espanto. Ya había vivido está experiencia cuando fue secuestrado hace cuatro años, fue algo similar. Rodolfo dio la orden a sus empleados, a su esposa y a sus hijos que se agacharán. Sabía que si lo iban a levantar, poco sentido tenía huir. Moverse del lugar a pie era dejar a sus hijos y a su esposa. Y no había forma de escabullirse hasta su camioneta que estaba estacionada en la acera de enfrente.
En el suelo, agazapado entre unas cajas de aceite, y detrás del mostrador alcanzó a ver como unos cinco taxis rodearon el negocio. “Vienen por mí” pensó, al mismo tiempo que la misma sensación de hace cuatro años, cuando fue secuestrado se repetía en todo su cuerpo: el sudor que escurre por la médula, las manos frías, un vacío en el estómago, el parpadeo de los ojos, y muchas ganas de orinar.
De los taxis descendieron unos 10 hombres, la mayoría jóvenes de entre 20 y 30 años, y solo tres de ellos eran mayores. Armados con rifles de asalto, unos se metieron a su negocio, y otros se colocaron en la calle que comunica a su establecimiento e instalaron un retén en el que robaron un vehículo.
El comando armado amagó a sus empleados, golpeó a dos de ellos que se encargaban de despachar las mercancías, y a él lo llevaron hasta su oficina, ahí lo tundieron, le pegaron en la nuca y en la cara con una pistola y lo obligaron a entregar el dinero en efectivo, documentos y todo lo que consideraban de valor. Manrique recuerda “que al final, llegaron unas patrullas de la Policía del Estado, y detuvieron a unos cuatro” de los atacantes…
Tras el último atentado, Rodolfo se enfrasco en un periplo que derivó en la posterior detención de dos de los sicarios que participaron en el ataque. Esto ocasionó que las amenazas en contra suya y de su familia se recrudecieran.
Y eso lo orilló a contactarse con otro empresario de Acapulco que había vivido una historia similar, y que a su vez lo conectó con un vendedor de armas. Manrique asegura que tras el último atentado que vivió, decidió invertir unos 250 mil pesos en la compra de armas de diferentes calibres.
Muestra una escuadra .380 milímetros súper, y presume que si bien luce un poco opaca por algo de moho, con ella puede “quebrar” a dos o tres pistoleros. El comerciante que en algún tiempo fue considerado como uno de los más prósperos de Chilpancingo, indica que tiene en su poder hasta rifles de asalto. En sitios estratégicos de la casa que habita, y de las que pocas veces sale ha distribuido pistolas. El arsenal está diseminado en la casa en puntos como maceteros, cajas de cartón, el baño, las gavetas de la cocina. Aunado a esto algunos de sus empleados cercanos portan armas, y me reitera que están dispuestos a usarlas.
Agrega que en los últimos tres meses, tanto él como sus hermanos, y colaboradores de su primer círculo se han sometido a un rudimentario entrenamiento en el manejo de diferentes tipos de armas, “para cuando se ofrezca usarlas”.

“Estamos decididos a armarnos”, dijo la Coparmex al secretario de Defensa

En un año han cerrado 500 negocios, y aumentado las extorsiones, asesinatos y secustros, denunciaron

Hasta marzo de este año la situación de inseguridad que se vive en Chilpancingo ha orillado a los comerciantes a adquirir armas reguladas por la ley federal en la materia y, al cierre de esta edición, 35 empleados de siete propietarios de negocios habían conseguido permisos ante la Secretaría de la Defensa Nacional para portar armas de calibres bajos, y de uso no exclusivo de las fuerzas armadas, de acuerdo con declaraciones del presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), Adrián  Alarcón Ríos.
Lo anterior fue puesto en conocimiento de las más altas autoridades. En un encuentro que tuvieron los comerciantes de Chilpancingo con el secretario general de Gobierno, Florencio Salazar Adame , dejaron en claro sus intenciones de armarse, pues indicaron que la situación ha llegado a un límite insostenible.
Citaron como ejemplo de ello el que de 2015 a finales de febrero de 2016, unos 500 negocios habían cerrado en Chilpancingo.
Pero además, indicaron que en  lo que va del año 2015 al menos 50 familias de comerciantes que  han abandonado la ciudad de Chilpancingo debido a la escalada de violencia que se vive en la capital.
El pasado 18 de marzo el líder del grupo de uno de los grupos más representativos de comerciantes en Chilpancingo sostuvo que en los primeros tres meses del año se ha reportado un éxodo de comerciantes debido a que los anuncios de los tres niveles de gobierno para restablecer  la seguridad en la capital han sido solo parte del discurso de oficial, ya que en los hechos los secuestros, las desapariciones, y así como los secuestros continúan ocurriendo.
La fuga de comerciantes ha derivado en el cierre de unos 45 negocios de los diferentes ramos, pero las afectaciones se han dejado sentir principalmente en sector de los transportistas y los constructores.
Alarcón Ríos ha denunciado que incluso en Chilpancingo las corporaciones de los tres niveles están coludidas con los grupos del narco que operan en la ciudad, y que mantienen una disputa permanente por el control de la plaza, hogar de los poderes públicos de Guerrero.
Alarcón ha señalado que “La delincuencia común tiene un oasis en el centro de Chilpancingo, en el primer cuadro de la ciudad”, lo no es un panorama alentador para los eventuales inversionistas que pudieran poner sus ojos en el municipio.