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El agua que no canta

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 El agua que no canta

(O una historia de ficción sacada de la meritita realidad guerrerense)

 

 

Agua dormida,

agua que contrastas con mi vida,

agua desierta…

 

Francisco González León

 

 

 

Por Paul Medrano

Guerrero lleva sumido 10 años en una espiral de narcoviolencia que día a día eleva las cifras de inseguridad a niveles alarmantes. La entidad se ubica entre las tres más violentas del país, mientras que Acapulco se ubica entre las cinco ciudades más peligrosas del mundo. Al menos 50 bandas delincuenciales se disputan pueblos y ciudades guerrerenses. Han penetrado el ámbito político, burocrático, comercial, industrial y de un tiempo hacia acá, también acapara recursos y organizaciones relacionadas con el agua potable. De los casos aquí presentados, se han modificado nombres y ubicación exacta de los protagonistas, ante la imposibilidad de garantizar su integridad, en caso de que fuese revelada.

 

***

 

Homero es profesor, tiene 33 años. Coordina un Taller de Reparación en una secundaria técnica. En su casa, instaló un tiendita de abarrotes que es atendida por su esposa. Son un matrimonio joven y gracias a su trabajo, han logrado una mínima estabilidad económica. En Guerrero, donde 68 por ciento de la población vive en pobreza (según datos de la Sedesol federal), es suficiente para mirar desde el borde hacia el abismo de la miseria.

Hace dos años, Homero fungió como presidente de la sociedad de padres de familia en la escuela de su hija. Esta función, le permitió darse cuenta que solo la organización ciudadana consigue los beneficios colectivos reales. Junto con el comité, reconstruyeron varias aulas, remodelaron los baños e instalaron un comedor escolar. Algo nunca conseguido en algún plantel de la zona.

A mediados de 2015, cuando finalizó su periodo, se reunió con otros ciudadanos y decidieron que, luego de su activa participación escolar, era hora de inmiscuirse en las decisiones de su comunidad. Formaron una planilla con puros profesionistas. La inscribieron en la elección para comisario municipal y presidente de la Junta local de Agua Potable.

La comunidad de Homero es pequeña en habitantes, pero poseen grandes extensiones de tierra de riego, de arroyos, un río y además, se ubica junto a la carretera federal. Se ubica a solo 5 minutos de una de las playas más famosa del estado de Guerrero.

A Homero se le hace impensable que las calles de su pueblo estén sin pavimentar, que padezcan de agua potable, que su planta tratadora haya sido desvalijada y que sus cuerpos acuíferos se contaminen día a día. Por si fuera poco, los embates de la naturaleza (huracanes, tormentas y sismos) han afectado casas, cosechas y caminos. Junto con su planilla, Homero y su equipo delimitaron la prioridad: instalar una nueva red hidrosanitaria y pavimentar calles.

Su oferta les ganó la simpatía de los vecinos, quienes le manifestaron su apoyo. La planilla se fortaleció y en pocas semanas se les consideraba como favoritos. Se dio por sentado que ganarían los comicios y que la comunidad, finalmente vería concretado su sueño de tener calles pavimentadas, una petición que no ha sido atendida por ningún orden de gobierno.

Una semana antes de la elección, Homero recibió una llamada telefónica. Palabras más, palabras menos, un hombre joven (por su tono de voz, dice Homero) le informó que debía entrevistarse con El Taco. “En esta zona todos sabemos de El Taco, aunque nadie sepa su nombre, ni dónde vive”.

“Es el hombre del sombrero”, el que controla todo, desde sicarios, narcomenudistas, cobro de piso y trasiego de enervantes desde la fértil sierra. Sin embargo, también es responsable de que esta zona del estado se mantenga en relativa calma, mientras otras regiones sean un campo de batalla. Aquí no se secuestra, ni se extorsiona, si El Taco no lo autoriza. Una de las versiones más populares entre la gente, afirma que unos de sus sicarios levantaron y asesinaron a Harry Devert, un trotamundos de 32 años, que partió de Nueva York y planeaba llegar al Mundial de Futbol de Brasil, en julio de 2014. Devert desapareció en territorio guerrerense en enero de 2014. Viajaba en una motocicleta Kawasaki, verde, con placas NY67SD67. Conforme pasó el tiempo, la presión internacional llegó hasta la gente cercana a El Taco, quien interrogó a toda su gente, uno a uno hasta dar con el responsable y dos cómplices. Antes de matar a los culpables, les hizo desenterrar la moto y el cuerpo de Devert. Al jefe de sicarios lo entregó a la SEIDO (en un “operativo sorpresa”) y dejó en claro que aquí no se hace nada que El Taco no ordene.

Homero sabía eso y más de El Taco. Sicarios y comandos armados no le eran ajenos, pero de saber lo había mandado traer, le puso la piel como de rana. Cuando se lo contó a su mujer, esta se desgranó en llanto. Le dijo que no fuera, pero Homero la tranquilizó, “parece que es por la buena, si no, ya me habrían levantado”.

Homero me cuenta que nomás colgó el teléfono, todo el día se fue en pensar y pensar en la cita. Se vio de niño, jugando futbol en su natal Tecpan; se vio adolescente, su época de mayor alcoholismo, hasta el punto de ir a un centro de Alcohólicos Anónimos; luego, recordaba la muerte de su madre y su lucha diaria para no beber. La sobriedad le dejó ver otra cara de la vida: tenía una preparatoria trunca, pero era muy hábil para armar y desarmar electrodomésticos. Tomó un curso de reparación por correo (cuando aún existían) y luego puso un taller. Hasta ese lugar llegó un jefe de enseñanza de educación secundaria, quien le llevó un extractor de jugos, luego un ventilador y así. Hasta que un día le dijo que si no quería dar clases. ¿Clases de qué?, respondió Homero. Pues de reparación de aparatos, dijo aquel. A los seis meses tenía una plaza como coordinador de Taller de Reparación de Aparatos. Poco después se casó y tuvo dos hijos.

Una hora antes de la cita, una camioneta llegó hasta su casa. Se bajó Joaquín, un tipo más joven que él, de quien todo el pueblo sabe su oficio. Con buen tono, le dijo que si estaba listo. Homero dice que al ver que Joaquín no iba armado, le dio un poco de tranquilidad. Además, Joaquín iba solo, sin otros pistoleros. Vámonos, dijo Homero, mientras se encomendaba a San Bartolo, patrono de Tecpan.

Homero pensó que le vendaría la cara o que transitarían por caminos de terracería. Pero no, la camioneta de Joaquín anduvo como cualquier vehículo, con los vidrios abajo. No hablaron nada, eso sí. Minutos después se detuvieron en el estacionamiento de un Oxxo, donde poco después se estacionó una camioneta demasiado cascarra. Se bajaron dos hombres “con pinta de albañiles”, dice. Uno entró a la tienda y otro se acercó a la ventanilla del copiloto, donde iba Homero.

-Aquí lo tiene, patrón. Dijo Joaquín. Dirigiéndose al presunto albañil.

-Buenas tardes, Homero, dijo aquel hombre. Homero tardó un poco en darse cuenta que tenía frente a él al mismísimo Taco. La sangre se le evaporó y sintió frío en aquel calorón de las 2 de la tarde.

“No lo voy a describir. Pero te diré que si lo ves en la calle, parece un peón. Con huaraches viejos y ropa gastada”.

El Taco fue breve: si Homero ganaba la elección, debía pagar una cuota mensual de una cantidad considerable. Además, tendría que dejar el puesto Agua Potable a la gente de El Taco. De lo contrario, tendremos problemas, le advirtió.

En tono más amable aún, El Taco recalcó: ya te hice mi propuesta. Contigo no queremos broncas. Porque de lo contrario, desde hace mucho tu tiendita pagaría cuota. Al día siguiente Homero declinó a sus aspiraciones de ser comisario. Jamás, piensa, volverá a incursionar en la política. Sigue dando clases y aún vive en su comunidad. Eso sí, su tiendita la cierra más temprano.

 

 

 

***

 

El señor Reyes es un pequeño empresario. Siembra café orgánico y sobrevive gracias a una pequeña exportación que hace a Canadá. No exporta más porque no cuenta con el dinero necesario para incrementar su cosecha. Lo orgánico se paga bien, pero requiere de mucha más inversión. Todos los intentos por conseguir un crédito de gobierno lo han desilusionado: “si te aprueban el préstamo, no recibirás ni la mitad, porque hay que pagarle hasta al que le saca copias a los requisitos”, dice.

Para completar el gasto, desde hace décadas es empleado de la oficina encargada del agua potable en su municipio. Hace 2 años se coló en la planilla ganadora del sindicato de la paramunicipal y consiguió una cartera en esa organización. Su habilidad para el diálogo y la negociación, lo ubicaron entre los de más confianza del dirigente.

Seis meses antes de que se renovara la dirigencia de ese sindicato, el señor Reyes comenzó a realizar pláticas entre sus agremiados para darles a conocer la mecánica para la elección, los tiempos, requisitos y la importancia de contar con un sindicato sólido.

A esas pláticas llegaron las primeras quejas: que los miembros de un cártel local llegaban hasta los pozos surtidores y enviaban a los empleados como emisarios: “que si mañana no pagan una cuota, no dejarán que le abramos a las compuertas que surten la ciudad”. El señor Reyes primero creyó que era una invención de los empleados para no subir a las instalaciones donde tiene los pozos.

Poco tiempo después, luego de una semana sin agua y conocer que el motivo de la escasez era el mismo que le habían reportado, decidió subir hasta los pozos. Viajó los 40 minutos en camino de terracería y antes de llegar a las instalaciones, vio dos camionetas de modelo reciente. Ambos vehículos estaban con las puertas abiertas. Varias personas estaba cerca de ahí, conforme se acercaba, notó que aquellos hombres estaban armados como para irse a una guerra. Chalecos antibalas, lanzagranadas, cartuchos y radios, completaban el atuendo de aquel comando armado.

De inmediato lo bajaron de su camionetita. Le llovieron preguntas y las respuestas se fueron haciendo más difíciles de pronunciar. Ahora que recuerda ese momento, cae en cuenta que el miedo actuó en su contra. Ver tantas armas, en manos de gente que parece dispuesta a todo, no es algo menor. Luego de presentarse como empleado y miembro del sindicato, le ordenaron que llevara un recado a sus superiores: si no pagan la cuota, no habrá agua en la ciudad.

Nomás bajar de aquel sitio, el señor Reyes fue a la oficina del titular, quien le escuchó con paciencia. Cuando acabó de contar su periplo, el director le dijo que no se preocupara, que al día siguiente pagarían la cuota.

-¿Cómo? ¿O sea que usted les dará el dinero?

-¿Y qué otra me queda, Reyes? Aquí no hay que jugarle al valiente. Ellos quieren dinero, vamos a dárselo, al cabo no es dinero nuestro. Así nos quitamos de problemas.

Un mes antes de la elección para renovar el sindicato, entendería que con la delincuencia organizada no hay margen de negociación: tres hombres armados entraron una mañana a las oficinas del sindicato, con el cañón por delante se llevaron al dirigente y al señor Reyes.

En el trayecto, les advirtieron que eran hombres muertos. El señor Reyes pensó que su estancia en la Tierra había terminado. Pensó en sus dos hijos, adolescentes aún. Casado a los 35, el mayor apenas tiene 16 años. Con su exportación (“decir que soy exportador, hace creer a la gente que soy millonario. No saben que solo exporto media tonelada al año. Apenas salgo tablas”, aclara) y su empleo en el agua potable, les da estudios. Sin él, su familia está condenada a la miseria. Poco después, aquellos hombres lo soltaron con la condición de que no dijera nada; no así al dirigente, quien estuvo desaparecido una semana.

Para el señor Reyes todo cambió. Apagó su teléfono y no salió de su casa. La semana en la que el dirigente estuvo desaparecido le pareció eterna. A los tres días fue a la oficina y le pareció una broma que nadie le preguntara por su ausencia, por el dirigente y por los hombres armados. Luego supo el motivo: nadie quiere líos con la maña. Nadie vio nada.

Cuando encontraron al dirigente, estaba golpeadísimo, mas no inconsciente. Solo lo necesario para llevar un mensaje. En una reunión urgente, el aún líder sindical informó a los demás de la situación: la delincuencia organizada pondría a su gente al frente de una planilla única que tendría que estar al frente del sindicato; quien estuviera en desacuerdo, estaba a tiempo para irse. Al día siguiente, el dirigente sindical se fue de la ciudad junto con su familia. El señor Reyes aún sigue ahí. Continúa buscando ayuda para aumentar su cosecha de café. Los operativos federales y estatales para combatir el narco le parecen una mentada de madre. ¿Cómo van a acabar con eso, si están hasta dentro?, pregunta con coraje. La nueva planilla del sindicato opera de manera normal.

 

@balapodrida