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Eusebio Ruvalcaba: escritor, amigo, ser humano

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Eusebio Ruvalcaba: escritor, amigo, ser humano

“El hombre que conocí una tarde de chelas en Chilpancingo…”

 

Por Carlos F. Ortiz

La muerte nos cobija con halo santurrón, de pronto cuando alguien muere nos damos cuenta que era un ser extraordinario, a nuestro alrededor todos comienzas a contar anécdotas sobre lo maravillosa que era esa persona. Muy pocos se atreven a decir: ese wey era un cabrón, un mantenido, un mentiroso.

 

Hoy yo me veo expuesto a cometer ese mismo delito.

 

Hablar del escritor Eusebio Ruvalcaba.

 

Lo conocí hace más de veinte años en Chilpancingo, vino a presentar el libro Chavos fajen no estudien, editado por Molino de letras. Caminamos por la calle Zapata, nos tomamos unas cervezas en el bar Hildaros, ahí nos fuimos a su cuarto en el hotel acompañado por un poeta oaxaqueño y un escritor del Estado de México, de cuyos nombres no recuerdo, lo que si recuerdo es sobre la catedra de priapismo que nos brindó aquella noche el buen Eusebio, siempre con una sonrisa pícara y amable.

 

Antes de llegar a su hotel pasamos por un six de cervezas o una pequeña tiendita, en aquellos años aún no estábamos invadidos por los Oxxos, para seguir pisteando en la tranquilidad de la habitación.

 

Su plática era amena, divertida con muchas anécdotas literarias y musicales. Al amanecer, como eso de las seis de la mañana, nos dijo, con esa seriedad de maestro ante sus discípulos que era hora de partir, que nos fuéramos todos juntos a seguirla al D.F (hoy CDMX), que llegaríamos a tiempo para seguirla en el Penacho de Moctezuma, que el día apenas comenzaba.

 

A partir de ahí tuve contacto con él, era un escritor o mejor dicho una persona esplendida, generosa, y dadivosa, recuerdo pedirle un texto para una revista que editábamos por aquél entonces, Atrás de la raya que estoy escribiendo, a los dos días ya tenía un poema en mi bandeja de entrada. Esto no sucede con todos los escritores, son pocos los que te responden, y aún son mucho menos los que te mandan un texto para su publicación, más para una revista desconocida.

 

El primer libro de Eusebio que leí fue el libro de cuentos Jueves Santo, que aún conservo, editado en el ya muy lejano 1992 por Joaquín Mortiz, con el que ganó el premio de Bellas artes. Cuentos intensos sostenidos por una bravura que se va tensando en cada línea, cuentos irónicos, llenos de humor y de un cierto erotismo, y un ritmo con musicalidad, no por nada su padre fue un reconocido violinista y su madre una gran pianista. Nació entre notas, conciertos, y ritmo de ahí esa musicalidad salvaje de sus textos.

 

Hay libros, pero también hay escritores, como Eusebio, que llegan y te mercan, que se vuelven, sin quererlo tus maestros, que están ahí, en sus páginas, en sus libros para guiarte de alguna por el camino de la lectura y la escritura.

 

He conocido, y digo conocer en la acción de la palabra, porque realmente conocí a Eusebio, y por algún tiempo intercambiamos comentarios. Solía escribirle por inbox, y el respondía siempre. Muchas veces lo hacía para pedirle un texto que publicaría en un semanario donde trabajaba. Siempre accedía, lo único que me pedía era poner su nombre y el lugar donde lo había tomado.

 

Ruvalcaba era un escritor prolifero, escribía cuento, novela, ensayo, poesía, pequeñas crónicas, su vasta obra da cuento de ello, más de 40 libros publicados, publicaciones en periódicos, en el Financiero, recuerdo que él público en la sección de cultura un pequeño poema mío, que le hizo llegar a Víctor Roura, también la publicación de su columna Hilito de sangre en la revista la Mosca en la pared y en Nexos.

 

El libro que me acercó a su obra fue la novela de iniciación Un hilito de sangre, publicada en 1994, por la editorial Planeta. La leí de un tirón cuando tenía 19 años, ya había leído Pasto verde, de Parménides García Saldaña, La tumba y de Perfil de José Agustín, y Gazapo de Gustavo Sainz, era un seguidor de los llamados escritores de la onda.

 

Leer Un hilito de sangre refrescó mis lecturas, la manera en que descifraba el mundo. Era una novela, en cuanto a la acción más irreverente que sus antecesores, que lo habían sido, pero a través del lenguaje, y del rompimiento con la novela que se estaba escribiendo en el país en los años sesentas.

 

En una entrevista con Juan Villoro en el suplemento cultural La Jornada Semanal, cuando era director Roger Bartra, y aún conservaba su aspecto de revista, le preguntó a Eusebio sobre su referencia literaria y sí había una continuación generacional, negó de manera rotunda la influencia de los escritores de la onda y señaló que Un hilito le sangre le debía más J.D Salinger, a Holden Caufield, que a José Agustín o a Parménides.

 

Desde ese momento me propuse leer la novela El guardián entre en centeno, pero pasaron más de cinco años para poderla en tener entre las manos. El tiempo, puedo decirlo valió la pena.

 

Fui fan de Un hilito de sangre (cabría señalar que lo sigo siendo), cada que puedo comparto la lectura de esa novela a los jóvenes lectores que tengo cerca, y me sorprende su vigencia. Por lo que he tenido que comprarla más de una vez.

 

En 1995 Erwin Neumaier llevó a la pantalla la novela de Eusebio, con Diego Luna como

León, creo que ahí nació mi repulsión ante Diego, cómo era posible que una buena novela terminará como una mala película, y sí es posible, lo he visto ya muchas veces. Pero la vida da lecciones, por lo que h decidido nuca ver películas basadas en novelas o libros que me gustan, sólo veo adaptaciones de libros que no leería nunca, como Crepúsculo, o las novelas de Dan Brown. Así no se corre el riesgo que sean malas adaptaciones del libro, peor no pueden salir.

 

El último libro que leí de Eusebio fue Pensemos en Beethoven, una selección de notas, anécdotas, máscaras literarias sobre el músico de Bonn. Divertidas y trágicas, como fue la obra de Eusebio.

 

Cuando me enteré de su muerte lo primero que se me vino a la mente fue la noche que pasamos juntos compartiendo un poco de cerveza, y de palabras, mejor dicho, escuchando sus palabras, riendo, y claro compartiendo una modelo.

 

Sí, así lo recuerdo, riendo con placer, con el placer con que escribía y hablaba de música.