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Guerrero: el amor en los tiempos del narco

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Si me voy antes que vos,
si te dejo en estas tierras,

no te asustes de la noche,
que en la noche vivo yo.

 

Jaime Roos

 

 

Por Paul Medrano/Fotos Javier Verdín

Yei

José y Mariana contrajeron nupcias el mes pasado. Ambos son profesionistas. Viven en la región centro del Estado, en una zona de influencia de las policía comunitaria de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG).

Su matrimonio obedece a la lógica más natural: tienen trabajo, tienen una modesta holgura económica, tienen una atracción mutua y tienen planes en común. El paso siguiente, luego de 3 años de novios, según su lógica, era formar una familia.

Su matrimonio siguió las costumbres de la zona, desde el tradicional huentli (una ofrenda que la familia del novio lleva a la casa de la novia, como una señal de fraternidad, de abundancia y respeto), hasta una fiesta con todas las de la ley (boda religiosa y civil, con su posterior pachanga) y su consiguiente recalentado. Calculan que en su boda hubo al menos 400 invitados. Recibieron infinidad de regalos, la mayoría, todavía están en casa del padre de José, sin abrir.

Cuando les pregunto si hubo algún tipo de amenaza antes o durante la fiesta, José responde firme:

-Desde que tenemos a la comunitaria, las cosas han cambiado. Antes, casi todo el tiempo las casas estaban cerradas. Ya casi nadie vendía nada. La gente salía nomás a lo básico. Esto era un pueblo fantasma. Hubo muchas personas, familias enteras, que se fueron de aquí. A algunos los extorsionaban, a otros los secuestraron y a otros, los mataron. Por como veíamos las cosas, Mariana y yo pensamos en irnos a otro lado. Pero después comenzó la comunitaria y todo volvió a ser como antes.

-Existen denuncias de abusos cometidos por la comunitaria.

-Sí, como todo lo humano, no es perfecta. Hay errores. Pero a pesar de esos errores, estamos mucho mejor. Antes no había vida social, ni comercial. Antes no veías a niños corriendo en la calle. Antes ya no se hacían fiestas. Esto estaba muerto.

Lo que José me dice no es mentira. Este pueblo y todos los circunvecinos, eran lugares donde las puertas de las casas se abrían desde temprano y se cerraban hasta muy noche. Aquí nadie tocaba a la puerta, porque siempre estaban abiertas. Pero eso cambió cuando estos lares se empezaron a llenar de grupos del crimen organizado.

En menos de dos meses, la vida cambió de forma radical.

Taxistas y pequeños comercios empezaron a pagar cuotas. Algunas personas con cierta solvencia económica fueron secuestradas. Las casas cerraron sus puertas.

Entonces decidieron integrarse a la UPOEG. Hombres y mujeres de todo el pueblo apoyaron la organización. Los comercios rápidamente respaldaron el movimiento. “De darle dinero a delincuentes, prefiero dárselo a gente del pueblo que nos va a cuidar”, dice muy seguro don Tomás, dueño de una prominente casa de materiales.

En cambio, don Miguel, propietario de un salón de fiestas, no puede decirme lo mismo: en la etapa más álgida, secuestraron a su hijo y aunque pagó rescate, nunca se lo devolvieron. Cuando llegó la comunitaria, don Miguel fue de los primeros en enlistarse y encabezó operativos por toda la región.

A cada detenido le preguntaba de su hijo.

Casi a los dos meses de formada la comunitaria, dos hombres acusados de sicarios le dieron una pista, “me dijeron ‘a su hijo lo mataron, pero nosotros matamos a esos cabrones’. Nos dieron la ubicación de donde se supone, lo habían enterrado. Fuimos y no hallamos nada”. Hasta la fecha, don Miguel aún busca indicios de su paradero.

Con todo este contexto, José y Mariana estaban indecisos. No sabían si irse o quedarse. Los lazos familiares y la comunitaria los animaron a permanecer aquí. Y confían en que tomaron la mejor decisión.

-¿Qué esperan de su matrimonio en estos tiempos?

José: “Son tiempos difíciles. Mucho más difíciles que lo que vivieron nuestros padres. Ahora, además de la cuestión económica, pues cada vez el dinero rinde menos, además de eso, hay que lidiar con la inseguridad. Pero hay algo que nos motiva: mi matrimonio, mi familia, mis amigos, mi pueblo. Nadie cuida mejor al pueblo, que el pueblo mismo. Eso ya lo entendimos, nadie vendrá a darnos seguridad, pues la seguridad la tenemos que brindar nosotros. Yo quiero que mis hijos y los hijos de todos, puedan correr en las calles. Es algo que hemos perdido y que nos llevará mucho tiempo recuperar”.

Mariana: “Me gustaría decir que los jóvenes tenemos muchas ganas de que esto cambie. Pero a medida que empezamos a intentar cambiar las cosas, nos damos cuenta de toda la cochinada que existe. Por ejemplo, cuando se formó la comunitaria, en una semana ya no había narcos. O los detuvieron o huyeron, pero no había. Una semana, oiga bien. Y durante años, ni el Ejército ni la policía, pudo hacerlo. ¿Por qué? ¿Acaso no ellos están mejor preparados que nosotros? Y si así era en nuestro pueblo, cómo estarán en las ciudades o en todo el país…”.

-¿Hay futuro para los jóvenes matrimonios en estos tiempos?

José: “Los riesgos en la vida de una persona siempre están ahí. Un accidente o una enfermedad, pero con el problema del narco, los peligros aumentan mucho más. Una balacera, un secuestro o una extorsión están a la orden del día. Veo cómo Guerrero es de los estados más peligrosos y me da mucha tristeza. Hay futuro, claro que sí, pero está más difícil.

Mariana: “Actualmente, confiamos en que solo la organización como ciudadanos, sin tintes partidistas, nos va a sacar adelante con este problema. El asunto del narcotráfico no terminará pronto, pero si la gente no lo enfrenta, el problema durará más”.

Además de lo anterior, José y Mariana se aman. Y el amor siempre será una esperanza, aunque el panorama sea desolador.

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Lore y Toño son un matrimonio novísimo. Ella tiene 17 años, él, 16. Acaban de casarse apenas en enero, después de 5 meses de novios, después de que Lore descubriera que estaba embarazada.

La boda se realizó en la casa materna un sábado por la tarde. La mamá de Lore es madre soltera, empleada doméstica y actualmente convalece de una intervención quirúrgica en el apéndice. Viven en las afueras de Zihuatanejo, en una casita de madera y techo de cartón, rodeada de muchas plantas.

Lore aún recuerda el día en que le avisó de su embarazo a su mamá. Luego del regaño y de verse reflejada en su hija (ella también se embarazó prematuramente), se puso contenta y aceptó la llegada de un nieto, a sus 35 años de edad.

Toño es el menor de tres hermanos. Su padre tiene un horno donde se fabrica ladrillo. Este oficio le ha permitido mantener a sus hijos. Viven del otro lado de la ciudad, muy lejos de la casa de Lore. Aquí es una zona donde proliferan los terrenos fangosos, ideales para fabricar este complemento de la construcción. La casa de Toño es pequeña y está hecha de ladrillo. Aún está en obra negra.

La joven pareja se conoció en la preparatoria 13 de Zihuatanejo, apenas en julio de 2016, cuando ingresaron al curso propedéutico. Luego, aprobaron el examen y el destino los puso en el mismo grupo.

Lo demás fue cuestión de tiempo.

A ella le gustó desde que lo vio. Aunque es menor, Toño aparenta más edad, producto del trabajo duro en la elaboración de ladrillo. Su cuerpo luce marcado, como si fuera cliente asiduo de un gimnasio, aunque nunca se haya parado en uno. También sonríe fácilmente. Eso, dice Lore, acabó de conquistarla.

Con él la cosa fue al revés: Lore pasó de ser una simple compañera de grupo, a la chica de la que se enamoró perdidamente, como suelen ser los amores primigenios. Toño confiesa que no supo cómo, los ojos de Lore lo fueron cautivando. Además, con el paso de los días se dio cuenta que también le atraía el joven cuerpo. Dos meses fueron suficientes para juntar sus vidas.

El día en que los padres de Toño fueron “a arreglar” (así se le denomina en esta región a la acción de concertar una cita en la casa de la novia recién fugada o embarazada, para determinar el futuro de la pareja), la madre de Lore puso algunas condiciones: boda, sustento y estudio.

“Yo pasé por lo mismo, pero no me casé. El padre de Lore me dejó y yo tuve que mantenerla sola. Así que para que esto no ocurra de nuevo, les dije que se casaran”, cuenta la madre, junto a un fogón casi apagado.

Se casaron por lo civil, a las afueras de la casa. Sobre la calle de tierra pusieron mesas prestadas por los vecinos y colocaron unos sencillos tendidos, señal inequívoca de fiesta. No hubo grupo ni banquete: el padre de Toño trajo un estéreo y con la ayuda de la familia de Lore, guisaron un cerdo en adobo, el cual fue servido con arroz blanco.

En la fiesta estuvieron unas 25 personas, casi todos, familiares. Lore recuerda que solo recibió dos regalos: unas toallas y un pastel. La celebración terminó a las 7 de la noche. Sin embargo, fue feliz. Eso me dice y lo confirmo cuando veo las fotos de la pequeña fiesta.

Toño dejó la escuela. Junto con su padre construyeron otro horno, el cual servirá para que Toño busque el sustento de su nueva familia. Lore continúa en la prepa, pero sabe que muy pronto tendrá que irse para dar a luz. Dice que volverá a la escuela, pero no sabe que eso será casi imposible.

Lo que es innegable es el brillo que aparece en su mirada, cada que se voltean a ver. Algo pasa dentro, que sus ojos fulguran, nomás con encontrarse. Esto se percibe a cada instante que están juntos.

Cuando les pregunto sobre su futuro, tardan un poco en responder. Toño sonríe de manera nerviosa, mientras Lore le toma por el brazo e intenta ocultar el rostro en el hombro de su marido. Estamos en la casa materna, a donde se han ido a vivir. El vientre de Lore ya se nota abultado.

-Quiero que mi hijo nazca bien. Quiero que vivamos en una casita y quiero que Lore siga en la escuela. Dice Toño de manera casi telegráfica.

A pregunta expresa sobre la inseguridad y el peligro que eso representa para su nueva familia, solo responde: “Eso no se va a acabar. Nunca se va a acabar. Yo me dedico a lo mío, a mi trabajo. Si no me meto con ellos, ellos no se meterán conmigo”.

-¿Has visto a gente del crimen organizado?

-Sí. Seguido.

Lore interrumpe: “Antes hacían ronda en la parte de allá (y me señala una esquina cercana). Llegaban en sus camionetas, se estacionaban ahí y estaban horas. Nomás se escuchaban los radios”.

-¿Tuviste miedo?

-No. Ya nos acostumbramos a tenerlos cerca. Además, no pueden quitarnos nada porque no tenemos nada.

-¿Cómo perciben el futuro de esta la familia que han decidido formar?

Toño: Voy a trabajar duro para salir adelante. Le vamos a echar ganas para que nuestro hijo tenga lo necesario. No queremos lujos, solo vivir tranquilos.

Lore: Me gustaría que las cosas cambiaran, pero eso no será así. Lo que nos queda es seguir adelante, trabajar mucho y no meternos en problemas.

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Julia enviudó a finales de diciembre. Tiene un bebé de 5 meses que se llama Iván, como su padre. Su matrimonio duró poco más de medio año.

Casi todo en la vida de Julia ha durado poco. Se casó en octubre de 2015, a los 14 años. Decir que se casó es un eufemismo, en realidad, se fugó con Iván de la secundaria donde estudiaban juntos. Vivían en un pueblo de la sierra de Chilpancingo, a una hora de Jaleaca. Acá ninguna escuela tiene cerca perimetral.

Por eso, cuando salieron a receso como todos los alumnos, Julia e Iván ya lo tenían todo planeado. En sus mochilas traían algo de ropa y un poco de dinero. Cuando escucharon el timbre, corrieron a encontrarse detrás de los baños. El día había llegado, pensaron. Luego, huyeron juntos.

La sierra guerrerense es inexpugnable. Aquí la vida transcurre en un código distinto. Acá no hay Internet, acá las distancias son siempre inciertas, acá la vida es dura, muy dura. Pero con el narcotráfico, la vida se vuelve un animal salvaje que acecha todo el tiempo.

Todo eso ya lo sabía Julia, pero lo comprobó cuando se fue a vivir con Iván.

Huyeron a la casa de su padre, ubicada en la parte más densa de la sierra, donde hay pueblos que no aparecen en el mapa, donde hay caminos que casi nadie conoce.

La madre de Iván murió cuando tenía 5 años. Su padre, sembrador de amapola de toda la vida, lo dejó encargado con una hermana, para que el niño asistiera a la escuela y para no ponerlo en riesgo. Y así fue, estudió hasta la secundaria, instrucción suficiente para un sierreño. Fue ahí donde conoció a Julia.

Cuando el papá vio llegar a Iván de la mano de Julia, sonrió satisfecho: su hijo sabía leer, escribir y también tenía una mujer.

Lo que sigue fue trepidante. Julia se hizo cargo de los quehaceres de la casa, desde acarrear agua para lavar o bañarse, hasta hacer milagros con la poca comida disponible. Aprendió a partir leña, a remendar su ropa o incluso a rayar amapola. Sin embargo, con el cambio de cárteles en la zona, llegaron los problemas.

Los nuevos encargados de la plaza, es decir, los que compran la goma de amapola y se la llevan a cocinar o a vender a otros lados, eran viejos enemigos del padre de Iván.

“Le echaron a los verdes (soldados). Lo agarraron rayando y lo metieron a la cárcel. Iván alcanzó a huir. Vino por mí y nos fuimos, así nomás, con lo que traíamos puesto”.

En la sierra, las rencillas familiares son leyes no escritas. Si ofendes o matas a alguien, toda su familia tomará partido contra ti. Matarán, o intentarán matarte a ti y a toda tu familia. Hay rencillas que han trascendido generaciones o incluso, hay rencillas que adoptas, solo por llevar cierto apellido. Así pasó con Iván.

Huyeron más adentro de la sierra, pues los nuevos encargados instalaron retenes en todos los caminos cercanos. Su objetivo era eliminar a todos los contrarios, ya fuera por inanición o a balazos. Lo que ocurriera primero.

Durante tres días caminaron por entre el monte, tomando agua de arroyos y comiendo lo que encontraban. Finalmente llegaron a una cuadrilla, donde había familiares de Iván. Ahí se escondieron. En estos lugares la comida siempre es escasa, así que los anfitriones advirtieron a la pareja que les racionarían los alimentos. Julia, quien es de complexión robusta, comenzó a adelgazar. “Me veía en un espejito que había en esa casa y me asustaba. Se me veían los huesos”, dice.

Uno de esos días se dio cuenta que estaba embarazada. “cuando le dije a Iván se puso bien contento. Me prometió que pronto íbamos a salir de eso y que nos iríamos lejos para vivir tranquilos. Los dos estábamos ilusionados. Nos queríamos”.

Por esos días pasaron por ahí unos señores que iban hacia debajo de la sierra. Como el hambre era insoportable, julia escribió en un trozo de papel: “mamá, ayúdame por favor, trae comida. Estoy embarazada”.

En la breve misiva le daba detalles de su ubicación. La carta se las dio a los señores y logró llegar a las manos de la madre, quien se las ingenió para sortear retenes (retenes de los cárteles, claro) y pagar por el envío de unos pocos víveres. Julia recuerda lo felices que fueron esos días en que tuvieron comida. Iván le juró que nunca volverían a pasar hambre.

Entonces armaron un plan para salir de la sierra e irse a Cuernavaca. “Allá tengo un tío que tiene un taller mecánico y me puede dar trabajo”, le contó Iván.

Primero bajó Julia. Cuando su madre la vio llegar a casa, rompió a llorar al verla en esas condiciones: “estaba flaca, flaquísima”. Iván tardó más en bajar. Lo hizo escondido en un camión maderero. Llegó hasta Chilpancingo y de ahí se fue hasta Cuernavaca. Una vez allá, se empleó en el taller de su tío y al cabo de unas semanas, mandó traer a Julia.

Vivían en un pequeño cuarto en la salida a Cuautla. El embarazo de Julia avanzaba sin contratiempos. Un sábado, hubo una pequeña fiesta por el cumpleaños de un empleado del taller. Iván y Julia llegaron un poco tarde, pues ella había tenido molestias en el vientre casi todo el día. Comieron mole rojo con sopa de arroz. Iván se tomó dos cervezas. Poco antes de las 9 de la noche, alguien le dijo a Iván que si podía hacerle el favor de comprar una bolsa de hielo en la tienda de la esquina.

“Ahorita vengo”, le dijo a Julia. Nunca volvería: lo atropellaron en la avenida.

Julia regresó a su pueblo, donde dio a luz.

El pequeño Iván tiene los ojos verdes y el pelo castaño (características comunes entre la gente de la sierra), como su padre. Mueve las manos con rapidez, como un pequeño pajarillo que intenta volar. Los ojos de Julia, en cambio, son cafés y están hinchados. Ha llorado mucho mientras me cuenta su historia: “tanto huir, tanto cuidarnos, para ir a morir allá”, me dice, pero en realidad sé que es un reclamo a la vida.

-¿Te irás de aquí?

-Sí. Ya que crezca un poco mi hijo me voy a ir. No quiero que viva lo mismo que yo o lo mismo que su padre.

Cuando le pregunto sobre su futuro me mira intensamente, como si yo tuviera la respuesta: “No sé, no sé. Lo único que me queda es mi hijo y voy a luchar por él. Haya narcos o no”.

@balapodrida