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Historia de un hombre extraordinario

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Hilario Mesino: Líder, insignia, leyenda de la lucha social en Guerrero

 

 

 

Por ¬ Paul Medrano
Fotos ¬ Javier Verdín

 

I

Coraje. Injusticia. Perseverancia. Dolor. Hambre. Igualdad. Fe. Constancia. Tristeza. Empuje. Fuerza. Tenacidad. Compañerismo. Esperanza. Valor. Honor. Todo eso me gritan los ojos de Hilario Mesino, insignia de la lucha social de los 90. Líder infranqueable. Hombre de estatura mediana, manos gruesas y corazón gigantesco.
Posiblemente no exista un parangón con lo que hizo este hombre en una época de priísmo rancio e intolerante. En un tiempo cuando los derechos humanos se pasaban por el arco del triunfo. Cuando la única manera de hacer activismo era salir a la calle, no desde una computadora. Por eso vengo a Atoyac.
Es el mediodía de un marzo alocado. Han sido días extraños, de noches frías, mañanas airosas y un cenit que no calienta tanto estos caminos. Llegamos a la colonia 18 de Mayo por un camino sin pavimentar. Un polvo blanquecino se alborota a nuestro paso. Aquí, allá y acullá, algunos árboles de mango, limón y guayaba, señorean el paisaje reseco.
Ya en la colonia todo cambia. Hay calles pavimentadas y amplias. Visto desde aquí, esto no parece Atoyac. Aunque en realidad, esto no es Atoyac. Estamos en una de las colonias cuya organización ciudadana (y cuyo nombre nos recuerda una tragedia que no debe olvidarse) le ha permitido dotar de servicios que, en cualquier parte del mundo, se dan por sentados, pero que en Guerrero, pueden llegar a ser un lujo.
En Atoyac, casi todos los caminos llevan a Hilario Mesino. No tardamos en recibir la ubicación precisa de su casa. Sobre una de las calles principales de la colonia, sobresale una gigantesca planta de hawaiana (Alpinia purpurata) de un enrejado a media altura. Más arriba, emergen las ramas de un árbol de aguacate.
Tocamos la puerta y nos recibe su esposa, Alicia Mesino, una mujer de complexión delgada y sonrisa franca. Detrás de sus lentes se esconden unos ojos tristes, pero con cierta chispa de fraternidad. “Pásenle”, nos dice.
Aquí no hay lujos, ni amplios jardines, ni decoraciones. Es una casa como muchas otras casas en esta zona de Guerrero: sin vidrios en las ventanas para abatir el calor; con piso de tierra, con gallinas cerca y un fogón. Hay, eso sí, muchas plantas que le dan frescura al patiecito donde está Hilario Mesino, sentado en un sillón rojo, típico de la costa. También hay mucha amabilidad, de esa amabilidad costeña que día a día se extingue, gracias a la inseguridad. Doña Alicia nos ofrece de almorzar, pero como ya lo hemos hecho, le pedimos un vaso de agua.
Hilario Mesino viste una guayabera color vino, un pantalón beige y huaraches de cuero. En su mano izquierda porta un reloj digital Casio, que en ese momento emite el sonido que lo caracteriza. Nos mira con esa mirada que solo los dignos poseen. Al saludarle de mano, percibo una mano campesina, fuerte, áspera y sincera.
Atrás de Hilario, apilados, descansan varios bultos que, después sabré, son granos de café aún sin tostar. Conforme avance la conversación, en aquel patio veré otros aditamentos de este experto cafeticultor: molino, tostador y una vasta experiencia en este cultivo.
Doña Alicia arrima una pequeña mesita y coloca dos vasos con agua fría. Luego trae dos sillas y tomamos asiento. Del Hilario activista, luchador social y emblema campesino se ha escrito mucho, pero vengo aquí para saber de Hilario el hombre. Esta es su historia.

II

Luego de conchabarse, Ramón Mesino y Juana Acosta dejaron su natal Atoyac y se mudaron a El Escorpión, en el ejido de Agua Fría, en la sierra de ese municipio. De esta unión nacieron 12 hijos. Hilario fue el sexto: Francisca, Juana, Margarito, Salomón, Severiana, Sulpicia, Inés, Lucía, Hermenegilda, Alberto y Bernardo. Hilario nació el 14 de enero de 1938 en San Juan de las Flores.
La familia vivía en una casita de bajareque y zacate de llano, construida por don Ramón. “En ese tiempo no había teja o tabique”, recuerda Hilario. Se dedicaban a la agricultura, como mucha gente de la zona. Según la temporada, cosechaban en parcelas y tlacololes, frijol, arroz, maíz, chile y calabaza.
Don Ramón, además de campesino, también ejercía el oficio de músico. Sabía tocar varios instrumentos, pero su fuerte era el violín. Amenizaba lo mismo fiestas, que velorios. Hilario lo recuerda como un gran violinista. Cuenta que pagó con maíz y arroz las clases de música al entonces niño Hilario, quien después lo acompañaría. “Aprendí a tocar guitarra, tololoche y violín. Pero nunca me gustó del todo. Lo hacía porque era una manera de apoyar a mi padre en el oficio de la música”.
La numerosa familia participaba en las labores del campo para el sustento. Su mirada se achispa cuando menciona que eran varios hermanos los que ayudaban con tarecua y azadón a limpiar la milpa. Sin embargo, Hilario recuerda lo decepcionante que era llegar a Atoyac a vender su cosecha a precios de risa. Este sentimiento será fundamental para que en un futuro alce la voz en nombre del campesino.
Aunque eran pobres, algunos miembros de la familia comenzaron a ir a la escuela. Hilario no, porque se quedaba en casa a cuidar a sus hermanos menores. “Era bonito, vivíamos felices. Pobres, pero todos unidos”.
De aquella época, extraña algunas comidas: enchiladas de chile ancho (no guajillo; sino una especie local con más sabor). “Mi madre hacía las tortillas a mano, las metía a remojar al chile, luego las rellenaba con cebolla morada y queso criollo. Luego les echaba encima más cebolla y queso. Eran buenísimas”. Dice que también abundaba el venado, la iguana y los camarones de río.
Ya de 12 años, estudia el primero y segundo de primaria. Aprendió a leer rápido y además, era curioso. Esto lo llevó a hacerle una petición a su padre: que le comprara un libro de magia. Esta lectura, recuerda, fue determinante en su vida, pues le dejó ver que la mentira la pueden hacer pasar como verdad y que puede llegar a creerse. Se sorprendió cómo la gente creía algo tan absurdo como un hechizo o un conjuro.
Esta idea, también está relacionada con un descubrimiento inusual: su madrina, una curandera de la zona, observó que los vellos en la espalda de Hilario formaban una serpiente. De inmediato le dijo a doña Juana que debía matar al niño, “si no lo haces, este va a matar a toda la familia”. Para ese tiempo, ya habían muerto dos hijos del matrimonio debido a enfermedades.
Hilario recuerda que aquello le pareció una aberración y como tal lo tomó su madre, quien no hizo caso de aquel mal augurio. Con su acercamiento al libro de magia, Hilario confirmó que el mundo de los hombres era complejo, hipócrita y mentiroso.
Del libro de magia siguió la Biblia. Esta lectura tampoco lo dejó satisfecho. Si bien algunas reflexiones le parecieron inolvidables, no le entraba en la cabeza que aquel Dios permitiera injusticias, hambre y dolor entre los pobres. Aunque era un niño, Hilario consideraba que algo no encajaba entre las sagradas escrituras y la vida real.
Su madre, dice Hilario, era una fiel católica. Don Ramón, en cambio, no mostraba entusiasmo por la religión. “Cuando van a dejar su limosna, al otro día el padre desayuna chocolate con pan, mientras ustedes no comen nada”, eran palabras muy frecuentes en Don Ramón.
Pese a lo anterior, Hilario asegura que su papá nunca se opuso a la fe de doña Juana. Había respeto mutuo entre ambas maneras de ver el mundo. Un mundo que pronto cambiaría por completo.

III

En 1955 llegó el tan mentado “progreso”, el cual trajo Centros de Salud y energía eléctrica. Estos dos logros afectaron directamente a la familia Mesino: “la gente ya no se moría tan seguido, de modo que ya no tocábamos en velorios. Además, llegó la vitrola. Tuvimos que guardar los instrumentos”.
Con el progreso llegaron también los talamontes, empresas favorecidas con concesiones federales para explotar bosques. La sierra de Atoyac poesía cantidades inimaginables de recursos forestales que fueron vistos por empresarios voraces que pagaban una miseria por tierras y árboles. Los niveles de pobreza favorecieron la depredación. Las consecuencias de esa época apenas comienzan a sentirse.
“Esto acarrea mucha miseria y muchos problemas en la zona”. Los comisariados aceptan cantidades ridículas de dinero para explotar las tierras. No pocos son timados. El dinero empieza a dividir a la gente, quien se da cuenta de los arreglos entre empresas y comisariados. Vienen las disputas y los conflictos. Esto ocasiona muchas muertes entre quienes avalan la explotación a cambio dinero y quienes se oponen a ella. La fiebre del oro verde enfermó la sierra.
El padre de Hilario no sabía leer y formaba parte de una numerosa familia que poseía ciertas propiedades. Heredó varias hectáreas de terreno, pero cuando quiso reclamar la propiedad, los documentos eran ilegibles. Lo único que pudo conservar era el terreno de la casa y algunas parcelas para vivir.
Hilario no duda en acusar a las empresas del impacto ambiental. “Antes los camarones los agarrabas con la mano. Podías llenar una cubeta”, cuenta. Pero desde que llegaron, las especies animales y forestales empezaron a escasear.
“Te medían los terrenos, pero solo pagaban por el ocote. No incluían las maderas finas que estaban entre el bosque, como caoba, cedro, roble, encino. Se las llevaban todas por el mismo precio”. Los bosques comenzaron a erosionarse, la producción de cultivos disminuyó y el agua de ríos y arroyos bajó sus niveles.
Hilario lamenta que mucha gente creyera que el daño ambiental era cosa de Dios, cuando estaba comprobado que la causa era la sobreexplotación. El enemigo estaba en casa y pronto traería acompañantes: narcos y políticos.
Cuando Hilario tenía 21 años, conocería en Atoyac a una mujer, Alicia, quien más tarde será su esposa. “Mi padre quería yo aprendiera sastrería, de modo que iba a Atoyac una vez a la semana a aprender el oficio. No me gustó, pero conocí a Alicia. Además, prefería irme a platicar con ella, que aprender la sastrería”.
¿Cómo inició el romance?
-Ella me consiguió.
Al fondo, doña Alicia replica: “Chismoso”.
La vio por primera vez en el río de Atoyac, donde la gente se surtía de agua. Las mujeres iban al afluente a lavar o acarrear. Allí la vio por primera vez y se quedó prendado.
-¿Qué le gustó de ella?
-Era una cotorra y yo era tímido.
Doña Alicia vuelve a replicar: “Chismoso, Layo”.
Duraron dos años de novios, luego se casaron pero solo por el civil (“Ya traía la idea de no casarme por la iglesia”, afirma). Después, se fueron a vivir a El Escorpión. Procrearon ocho hijos: María de la Luz, María del Carmen, Miguel Ángel, Eugenia, Norma, Víctor, Rocío y Carlos. Vivíamos pobres, pero bien. La tragedia acechaba.

IV

El 18 de mayo de 1967, en Atoyac, la Sociedad de Padres de Familia de la escuela primaria Juan N. Álvarez realiza un mitin en el que se pide la destitución de la directora de la escuela Julia Paco Piza. Desde 1964, un grupo de profesores ha formado un movimiento popular señalado como comunista por el gobierno. Pasarán tres años para que la lucha de padres y docentes se unan y realicen el mitin. Cuando Lucio Cabañas hace su participación, la policía judicial trata de impedirlo. Los agentes se abren paso entre la concentración de manifestantes para detener o eliminar a Lucio, hay forcejeos y disparos hacia la multitud. El resultado es de 11 muertos. Como se intenta culparlo de los acontecimientos, Cabañas se refugia en la sierra para defenderse de la persecución.
Hilario recuerda que ese día no bajó a Atoyac, como regularmente lo hacía, para abastecerse de enceres y publicaciones que seguía religiosamente.
-¿Usted conoció personalmente a Lucio Cabañas?
-Lo vi dos veces. Una cuando era maestro, lo vi en Atoyac. Otra, en un mitin. No éramos amigos. Pero recuerdo sus palabras, sus motivos de lucha. Coincidía con lo que yo pensaba. Él quería un cambio, un cambio que todos los pobres queríamos.
-¿Qué pensaba en esa época del movimiento de Lucio Cabañas?
-Me gustaba. En ese tiempo yo tenía un radio japonés de onda corta. Ahí escuchaba noticias de varias partes del mundo, de Cuba, sobre todo. También, me suscribí a la revista de la Embajada de la URSS. Leía Los Agachados y el semanario ¿Por qué? De modo que, viendo lo pobres que habíamos sido, veíamos que el movimiento de Lucio era una manera de sacudirse la explotación.
-¿Qué lo motivó a suscribirse a la revista de la Embajada de la URSS?
-Yo sabía que Rusia era un país socialista y su organización coincidía con lo que yo pensaba en ese tiempo acerca de la explotación. No era una publicación política, sino que planteaba diferentes escenarios de ese país. Incluso, mostraba cómo mejorar tus cultivos de maíz y sorgo.
Hilario recuerda que durante la Guerra Sucia, muchos suscriptores de esta publicación, quemaron sus ejemplares. Si los soldados encontraban alguno en casa, “te ahorcaban”, asegura.
Lo cierto es que gracias al movimiento de Lucio Cabañas disminuye la tala inmoderada. Mucha gente de la sierra comulga con su discurso y le brinda apoyo a escondidas, a sabiendas que hacerlo es peligro de muerte. La zona se vuelve inestable, militares y paramilitares acosan, torturan y desaparecen a cualquier sospechoso del movimiento. Más de 600, jamás volvieron a sus casas.
“No había derechos humanos. Si uno le respondía mal al cacique o a sus emisarios, te metían un balazo y ya. No había nadie que reclamara nada. Solían decir: ‘yo aquí traigo la ley (mostrando su arma) y me vale madre la Constitución’. La represión vino dura para que no nos volviéramos a organizar. Buscaban atemorizarnos”, reflexiona.
En esa época, Hilario veía en el café una posibilidad de vivir. Se capacitó, ingreso al Imecafé y luego lo haría a la coalición de ejidos (inercia que lo llevaría, finalmente, a la Organización Campesina de la Sierra del Sur). Durante la etapa de acoso militar, unos soldados llegan a su casa. Le piden una tasa de café. Entran a la casa y observan algunos de los libros y publicaciones que Hilario guarda en un pequeño librerito. Encuentran una revista donde aparece Lucio Cabañas.
“Dices que no eres guerrillero y tienes esto”, le dice el militar. “¡Cabrón!, si yo no lo hice. Además, ni modo que al comprar la revista les diga, quítenle las hojas donde aparezca Lucio”, responderá. Lo colgaron de una reata ante la mirada de sus hijos y después lo golpearon.
“Había unos que te trataban bien y otros que te trataban mal. Ellos tapaban todos los caminos. Si ibas a la leña o a la siembra, te registraban y te interrogaban. Solían mentarlo como el ‘pinche puto maestro’”, evoca.
-Con todo esto ¿no pensó en la posibilidad de irse a otro lado?
-¿Y por qué? Si yo no había hecho nada. Solo trabajar.
El 18 de junio de 1974, el ejército detiene a su hermano Alberto Mesino en un retén militar. Sus captores aseguraron que solo lo llevarían a declarar y que iba a volver. Hilario recuerda que al año, les enviaron un documento en el que les informaban que Alberto estaba en el campo militar número 1 y que pronto iba a regresar. Nunca volvió.
-¿Usted sabía si su hermano pertenecía al movimiento?
-No. Nunca supimos.
-¿Sospechaban?
-No. Él era campesino igual que nosotros. Nosotros creemos que tal vez fue una confusión. Cuando le preguntan por su apodo, les responde con franqueza: ‘a mí me dicen El 3’. Le decían así porque tenía tres testículos. Quizá ellos pensaron que era una clave. No sabemos a ciencia cierta si estuvo o no; y de haber estado, me sentiría orgulloso.
La madre de Hilario comienza la búsqueda de su hijo. Recorrería muchas ciudades, tocaría muchas puertas, vería a muchas autoridades y se uniría a varias organizaciones. La familia se gastó lo poco que tenía. Hasta la fecha no hay rastros de Alberto.
El 2 de diciembre de 1974, cuando mataron a Lucio Cabañas, Hilario tomaba cursos de capacitación en Xalapa, Veracruz. La temática: beneficiado húmedo del café, proceso mediante el cual se prepara el producto para la exportación, comprende una serie de etapas o actividades para estabilizar las cualidades del fruto.
Cuando regresa e intenta subir a la Sierra, a su casa, lo interceptan en un retén. Gracias a los documentos que acreditan su estancia en Xalapa, no es llevado al cuartel. Su padre moriría poco después, producto de una golpiza propinada por militares. Luego moriría su madre, de cáncer.

V

Años después, ya como parte de la Coalición de Ejidos, Hilario tiene la esperanza de encontrar a su hermano. Aunque no era el objetivo principal de esa organización, hay más gente que también busca desaparecidos.
“Llegaron unos egresados de (Universidad Autónoma) Chapingo, entre ellos Arturo García. Les doy las gracias porque ellos nos abrieron los ojos. Nos decían ‘hay que organizarse’, porque nadie quería hacerlo. Después de la muerte de Lucio, nadie quería alzar la voz ni formar algún grupo. Ellos forman la Coalición de Ejidos, cuyo objetivo era comercializar el café. Yo entro como encargado, gracias a la capacitación que había tomado. Cuando proponía que hiciéramos una marcha o que alzáramos la voz, nadie quería”, dice Hilario.
Ya integrada, Hilario dice que comenzó a llegar gente extraña: licenciados, ingenieros. Incluso, planean trabajar con un banco. Le ofrecen un cargo, pero él lo rechaza porque cree que solo se aprovecharán de la gente. Hilario toma distancia de la organización y tiempo después la Coalición desaparece.
El 14 de enero de 1994, Mesino forma la OCSS. Aquí no habría licenciados, solo campesinos, con una única meta: mejorar sus condiciones de vida. Días antes, había surgido en Chiapas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). La OCSS envió una carta de beneplácito que en otras tierras también se alzara la voz.
Con el paso del tiempo, más y más gente se unió a su agrupación. La OCSS aglutinaba campesinos de Coahuayutla, La Unión, San Jerónimo, Zihuatanejo, Petatlán, Tecpan, Atoyac y Coyuca de Benítez. En sus mítines, fácilmente reunían hasta 5 mil integrantes. Comenzaron a hostigarlos, pues los vinculaban con el EZLN.
Los nombres de Hilario Mesino y Benigno Guzmán empiezan a tener resonancia, primero a nivel estado. Luego, con lo ocurrido en Aguas Blancas, a nivel internacional.
El 3 de mayo de 1995, Rubén Figueroa subió a Tepetixtla, a una reunión con miembros de la OCSS, las demandas eran básicas: escuelas, carreteras y justicia por los desaparecidos durante la Guerra Sucia. La petición fue leída por Gilberto Romero Vázquez, que 21 días después fue desaparecido. La OCSS programa concentraciones en Atoyac y Zihuatanejo para el 28 de junio y exigir su regreso, el gobierno estatal se plantea a toda costa, impedirla.
A las 10:20 de la mañana del 28 de junio, unos 400 policías judiciales detienen en un retén a un camión en el que viajaban simpatizantes de la OCSS que se dirigían a Atoyac, al mitin. Con el pretexto de que había gente armada, disparan contra ellos a mansalva, el resultado: 17 campesinos muertos y 21 heridos. De los 28 detenidos por el caso, 22 serían liberados.
De esta negra página de la historia mexicana, Carlos Monsiváis reflexionó: “En Aguas Blancas el lenguaje de la violencia última se impuso desde arriba, y esto no es posible olvidarlo aunque, insisto, no se justifique la feroz represalia desde abajo. Pero ignorar la impunidad santificada desde el gobierno, y desentenderse de los problemas inmensos del desempleo, la insalubridad, la violencia cotidiana, el desastre educativo, etcétera, en diversas regiones, es instaurar la hipocresía y la complicidad como métodos de entendimiento”.
-El día de la masacre ¿dónde estaba?
-Yo hice el mitin en Zihuatanejo. Benigno lo haría en Atoyac. Yo veía que los policías nos veían raro. Al terminar el mitin, nos fuimos a La Unión a dormir. Dormimos en una cocina. Por la mañana, al ver la tele, sale Figueroa diciendo que yo era responsable de que los campesinos llevaran armas. Pero yo sabía que no era cierto porque nosotros nunca cargamos armas. Yo ni sé usarlas.
-¿Qué sintió en ese momento?
-Feo. Sentí coraje, porque decían que íbamos armados y yo sabía que no era así.
En ese momento regresaron a Atoyac, donde su hija Rocío encabezaba un mitin para exigir justicia. Rocío estaba de vacaciones escolares, ya nunca se fue, sino que comenzó una carrera como luchadora social, siguiendo los pasos de su padre.
El acoso contra los líderes de la OCSS se recrudeció luego de que, en el mitin por el primer aniversario de Aguas Blancas, hizo su aparición un contingente de 100 hombres y mujeres armados que se autodenominaron Ejército Popular Revolucionario (EPR), presentaron el Manifiesto de Aguas Blancas e hicieron 17 disparos de salva, en memoria de los caídos.
“Yo estaba en el templete, cuando los vi a lo lejos. Pensé que eran los guachos. La gente empezó a correr, pero ya que se presentaron, las cosas se calmaron. Aunque yo tenía más miedo, de que llegara el Ejército y ocurriera una masacre”.
-¿Se emocionó?
-Sí, te emociona que haya gente que se solidarice con tu causa.
-¿Ha tenido contacto con la guerrilla?
-No, nunca.
El 3 de julio de 1996, Hilario fue capturado en la ciudad de México por agentes de la Procuraduría General de la República y, acusado de pertenecer al EPR. Estuvo preso durante un año en el penal de Acapulco. Fue liberado porque nunca le comprobaron los cargos.

VI

A pesar de eso, la OCSS siguió con su lucha. Comenzó a fraccionarse y por ende, a debilitarse. Aunque los golpes más arteros fueron los homicidios de dos de hijos: el 19 de septiembre de 2005, Miguel Ángel Mesino, asesinado en el centro de Atoyac. Ocho años después, Rocío. Ninguno de los dos homicidios ha sido resuelto.
Para Hilario, fue el sistema del gobierno el que mandó asesinar a Rocío. Lo hizo mediante lo que considera su brazo armado: la delincuencia organizada. “Muchos pensaban que nos íbamos a ir, luego de mis hijos muertos. Pero no, aquí seguimos, en la lucha. Uno cambia, eso sí. Ya no es uno igual, ya no estás completo. La muerte de un hijo es horrible”.
-A la distancia, ¿cree que se lograron los objetivos de la OCSS?
-Sí, porque se perdió el miedo a organizarse. Además, cambiamos la manera de ver a Lucio Cabañas, a quien se le consideraba malo. Logramos dar respuesta a demandas de la gente que nunca se había cumplido.
-Algunos afirman que la OCSS se debilitó cuando recibió dinero del gobierno.
-¿A quién le dio? Yo nunca recibí dinero. Es una mentira. Es un modo de difamar a los movimientos, de decirle a gente ‘no crean en eso, porque también se venden´. Unos días después de la masacre de Aguas Blancas, viene Vicario (se refiere a Héctor Vicario, actual diputado local del PRI) a mi casa. Yo estaba solo con mi señora. Primero envió gente a decirme que quería platicar. Yo les dije que no. Ya en la tarde, llegó Vicario. Yo ya lo conocía. Le pasó. En esa ocasión dijo que Figueroa ya no quería que lo molestáramos. Que nos iban a dar 300 mil pesos. Y que si queríamos una casa en otro lado, nos la daban. Le dije que no. Convoqué a una conferencia de prensa y denuncié lo que había pasado. Vicario se encabronó. A Benigno también lo quiso maicear, pero tampoco aceptó.
-¿Qué fue entonces lo que debilitó la OCSS?
-Había diferencias entre Benigno y yo. Yo consideraba que la lucha no debía ser tan radical. Pero Benigno sí. Algunas veces vi que tiraban comida que la gente quería darnos. Y yo creía que no era así, debemos lastimar al sistema, no a la gente. Todo eso trajo fricciones y nos comenzamos a apartar. Él cambió. Tenía otro modo de pensar y a veces no coincidíamos.
Hilario afirma que Benigno era de mecha corta. Más beligerante, aunque más carismático. Mientras que él era más reflexivo, menos explosivo. Recuerda que en una ocasión, Hilario propuso que para que no estuvieran aburridos, se pusieran a leer El origen de las especies, de Charles Darwin. “Él era católico y afirmó: ‘esas pendejadas no son buenas. Si así fuera, los changos que están en el zoológico, ya fueran gente. Nosotros venimos de Eva y Adán’”.
De Benigno Guzmán, Hilario lo define así: “teníamos diferencias, pero era mi amigo. Era campesino, igual que yo. No teníamos preparación, solo ganas de organizar y traer justicia a la gente. Lo visité a su casa varias veces, pero ya lo veía diferente. Cuando murió, estuve en el sepelio. No guardo rencores”.
-¿Usted es de izquierda?
-Sí.
¿Y qué piensa de la izquierda actual?
-Ya no hay izquierda. El PRD era un opción, pero ya no. Ahora todos luchan por el poder. Y no debe ser así.
-¿Usted fue perredista?
-Sí, pero ya no.
-¿Está afiliado a algún partido?
-A ninguno.
-¿En la elección anterior usted votó?
-Sí, aunque ya no confío en los partidos.
-¿Qué opina de las organizaciones sociales de la actualidad?
-Hay algunas que sí luchan por la gente, pero cada vez son menos. Antes, en Atoyac eran 45 organizaciones, ahora somos tres. Hay que entender que la lucha social no es personal ni para beneficio económico, sino para resolver las demandas del pueblo. Hay que entender que solo luchando se pueden hacer conciencia para obtener mejores condiciones de vida.
-¿A qué cree que la lucha social de ahora no logra crear esa conciencia?
-El gobierno se mueve para evitarlo y la gente no logra entender. En vez de que se organice, anda con los santos pa arriba y pa abajo, esperando que Dios le ayude.
-¿Será solo por eso?
-Sí, aunque también hay miedo. Porque siguen matando a luchadores sociales. Esas muertes no son nomás así, sino que buscan que tengamos miedo y corramos.
-¿El crimen organizado es un obstáculo para la lucha social?
-Nosotros pensamos que sí. El gobierno ahora ya no usa paramilitares, ahora usa narcos para darse protección y matar impunemente. Porque el gobierno está viendo todo. Los gobiernos no le temen al crimen organizado, sino a la organización. De ese modo aplasta la lucha social. Uno debe tener cuidado si quiere uno seguir viviendo. Pero no por eso nos van a doblegar.
-Por eso el narco sigue tan fuerte…
-Nosotros creemos que detrás del crimen organizado está Rubén Figueroa, Ángel Aguirre, Zeferino Torreblanca, René Juárez o Héctor Vicario. Ellos son los que controlan todo el crimen. Solo así se entiende que todo esté lleno de narcos, sin que nadie les haga nada. Ellos saben quiénes son y dónde viven.
-¿A qué le teme?
-Ni a morir le tengo miedo.
-¿Está satisfecho con su vida?
-Sí, estoy satisfecho con lo poquito que he logrado.
-¿Se arrepiente de algo?
-Me arrepiento de no estar nuevo para salir a la calle.
Actualmente, Hilario Mesino padece cáncer y diabetes. Frecuentemente viaja a Acapulco a tratarse. Lo hace como cualquier ciudadano, en transporte público. Ha sido amenazado en dos ocasiones, pero aún así, no teme salir a la calle, a pesar de que le falla la vista y el oído. El luchador social, el hombre insignia, sigue de pie.