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Ladrón de Flores

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Por Paul Medrano

Una tarde lo vi mientras vagaba por el desnutrido departamento de libros y revistas de la Comercial Mexicana. Quizá para muchos la Comer sólo sirva para comprar jitomates y cervezas, pero en mi caso, aprovecho para mirar su raquítica oferta de libros. Total, como bien dicen Los Tigres del Norte: la vista es muy natural.

No sé si sea obra del azar, pero hay épocas del año en las que en ese tipo de tiendas aparentemente aisladas de la literatura, se encuentran ejemplares muy interesantes a precios de risa (menos de $30). Hace poco conseguí Funeral para una mosca, de Armando Sequera; Crónicas marcianas, de Ray Bradbury (con prólogo de Borges) y El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, en la espléndida edición que hizo editorial Planeta. Cada uno a 25 devaluados pesos. Conviene aclarar que no son novedades, pero tampoco son libros usados. Ignoro qué oscuras maniobras comerciales provocan estos precios que, debo destacar, resultan compras obligadas, incluso entre los lectores novatos.

Les decía. Luego de comprar la despensa, caminé hacia la sección de libros más por monotonía, que por curiosidad. Entonces lo vi. Se trataba de un ejemplar de Flores, de Mario Bellatin. Era un libro bien cascarro. Viejísimo, diría yo. Joaquín Mortiz, edición 2001. Tenía rayones de tinta en el corte superior. La portada estaba gastada y con manchas de dudoso origen. La contraportada, en cambio, parecía que había sido usada por una taquería. Había dobleces en varias páginas. Sin embargo, pese a todos los defectos mencionados, en la Comercial Mexicana consideraron que este tomo valía 99 pesos.

Mientras lo examinaba, calculé que el libro costaba 5 pesos cuando mucho, pues ni siquiera tenía envoltura. Al percatarme del exagerado precio, aventé el ejemplar hacia el estante, tal y como los proletarios nos deshacemos de las latas de caviar al mirar cuánto cuestan. Esta acción se puede traducir como un: “al cabo que ni lo quería”.

No pretendo devaluar la obra de Bellatin, que en particular, me atrae; Poeta ciego y Salón de belleza me regalaron sendas tardes con su lectura. Si el libro hubiera estado nuevo, habría pagado los 99 pesos. Es más, reconozco que habría soltado hasta 120 varos. Pero no era el caso. Por si fuera poco, me percaté que en la contraportada tenía una etiqueta descolorida de lo que en un tiempo fue su costo, no sé si en esa Comer, o en alguna otra tienda. En ella se leía: $10. Sin embargo, por enfrente, la pegatina amarilla con el logo del pelícano naranja decía $99.

En un comienzo traté de olvidar el encuentro con Flores y embotarme con las ocupaciones de todo mexicano de a pie: trabajo, familia y demás delicias. Pero con el transcurso de los días vinieron a mi mente algunas recomendaciones y comentarios sobre el libro de Bellatin. Por si fuera poco, no sé por qué pero tengo una extraña afición por las ediciones de Joaquín Mortiz. Eso, más una sensación de injusticia de la Comer hacia los lectores pobres como yo, me hizo tomar el asunto como algo personal.

Decidí ir y salvar al libro de las manos de esa bola de buitres imperialistas y reivindicar el papel de los lectores en este mundo globalizado. Pero no sabía de qué manera debía rescatarlo: en la Comer no dan rebaja, y además, desde cualquier perspectiva, pagar los $99 me nominaría en automático al salón de la fama de los imbéciles. Tardé una semana en aclarar mis pensamientos y tomar una decisión. Finalmente opté por ir y robarlo.

El robo de libros siempre ha sido una hoja con doble filo. Por un lado están quienes deifican al ladrón de estos objetos y no consideran ese acto como una infracción. “El ladrón de libros no es ladrón”, es una justificación muy socorrida. Entre los 60 y 70, robar un libro era sinónimo de ser joven y rebelde (cuando la rebeldía aún no se vendía en recargas de 20 pesos en cualquier Oxxo).

Por el lado contrario están los que consideran que robar un libro es igual de oprobioso que hurtar la cartera al compañero de asiento en el camión o quitarle la bicicleta a un niño.

En el libro de Abbie Hoffman, Steal this book (1970), daba consejos sobre cómo vivir fuera de la ley y gratis. Muchos jóvenes siguieron el consejo de Hoffman y robaron el libro, eso provocó que numerosas librerías se negaran a tenerlo en venta.

“Imagínese –dijo Carlos Fuentes en una entrevista–, he estado en las mejores bibliotecas del mundo, en la Biblioteca Nacional de Francia, en la Universidad de Cambridge, en la de Harvard. Hay tentación, pero no, nunca: jamás en mi vida he robado un libro”.

A su vez, el argentino Rodrigo Fresán, confesó: “Me gusta robar libros. Aunque ya no puedo robar, sería bastante vergonzoso ser atrapado, pero cuando era inédito, robé muchísimos. Pero muchos, muchos”.

Algo que también me convenció de robar Flores, es que si pagaba los 99 pesos que ambiciosamente pedían los de la Comer por el libro de Bellatin, posiblemente ese dinero se iría completo a las bolsas de los empresarios, pero no a las del escritor, en vista de lo antiguo del ejemplar y de que al autor sólo le corresponde un porcentaje mínimo del costo total del libro.

Asimismo, es más ético robarle un libro a una tienda, que a una biblioteca o a un amigo. De esto último, Juan José Rodríguez en su libro De pronto al amanecer, afirma: “quien nos roba un libro, nos robará todo. Cuando presto un libro, le advierto al depositario que un volumen que sale de mi biblioteca es como una hija que sale a una fiesta: debe volver igual que como se fue”.

Como la selección mexicana, es decir, sin un plan en particular, llegué bien decidido a robar Flores pero no lo encontré en el estante donde lo había visto por última vez. Lo busqué sin éxito por las novedades, en la sección de superación personal, en los recetarios de cocina. Esperaba que algún despistado lo hubiese movido.

Luego de varios minutos de infructuosa búsqueda, me consolé al pensar que me había ahorrado un posible infarto por la emoción, o peor aún, una visita a los separos de la policía y posterior evidencia en los periódicos. Pero después se me ocurrió otra cosa: podría reordenar mis ínfulas delictivas y robar otro libro más caro. Total, ya encarrerado el ratón…

En eso me pareció ver una portada conocida entre las publicaciones de telenovelas. Y en efecto. Ahí estaba Flores, tras un especial de la actriz de moda. Volver a ver el libro me dio ánimos para mi difícil encomienda. Porque digan lo que digan, es complicado robar algo en la Comer.

Lo tomé y me dirigí a la caja. Mentalmente repasé las mil y un opciones para sacar el libro de ahí. Meterlo bajo la camisa, echarlo en la parte baja del carrito o esconderlo dentro del pantalón. No elegí ninguna.

Decidí olvidar todos los planes y dejar que fluyera mi espíritu infractor. En el camino, pasé por un refrigerador de refrescos y desde mi interior algo me ordenó tomar una coca-cola. Lo hice. Antes de llegar a la caja, esa voz me aconsejó ponerme el libro bajo el brazo. Acaté el llamado. Puse la botella sobre la banda que lleva los productos y una cara de mustio, como nunca lo había hecho. Si te pescan, lo pagas y listo, susurró la voz. Bien pensado, dije. Aduciría un olvido.

Una cajera muy amable me saludó y el tiempo comenzó a parecerme más lento. La empleada preguntó si había encontrado todo lo que buscaba, si deseaba donar 50 centavos para los niños de no sé dónde y si deseaba tiempo aire para mi teléfono. Respondí de manera negativa a las tres preguntas. Traté de pronunciar frases breves que me parecieron las más difíciles en mucho tiempo. Al darme el cambio, dijo: “¿Me permite un momento?”. Chin, pensé, ya me atraparon. Pero no era así, me informó que estaban haciendo una encuesta sobre el servicio de la tienda. Con las manos sudorosas le dije que llevaba mucha prisa. Y era verdad, lo que yo quería era salir corriendo hasta la Patagonia. Pero eso es justo lo que no hay que hacer durante un robo sin violencia. Serenidad y paciencia, recomienda Kaliman. Y eso hice.

Me despedí y enfilé hacia la salida. Caminé lento, con el pulso cardiaco en las sienes y sintiendo la mirada de toda la gente en el viejo libro que llevaba bajo el brazo. Cuando crucé la puerta automática, me entró la sensación de haber salvado algo de la trituradora, de las revistas de telenovelas, o peor aún, del olvido.