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Peces de plata

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Muebles para una casa de playa, que resistan la ausencia pero que hagan de ese espacio un verdadero hogar. Frescos, que ofrezcan reposo, no un abrazo sofocante. Un colchón para dormir, sillas, mesas platos, vasos, unas ollas. Prioriza. ¿Qué es lo indispensable para hacer una casa? Debes tener donde sentarte, una superficie en la que poner los platos para comer. Hay que cocinar y refrigerar. Compra muebles que resistan el polvo. Una sala. Esa sala es azul y está en oferta. Le va a gustar, le gustará cualquier cosa que no sea negra, café o gris rata. El azul es un color apropiado para una casa en la playa.
Ves cosas bonitas, verdaderamente bonitas en esta mueblería. Te gusta un adorno de peces de madera que intercala espejos. Así es como debe verse un cardumen dentro del mar. Los peces de piel plateada le devuelven al agua su propia imagen, y el agua no está acostumbrada a verse oscura en el fondo del mar, densa, lejos de su habitual transparencia.
En casa, en la casa de playa, los peces reflejarán el horizonte si los colocas frente a la ventana. A ella no le gustarán pero no importa. Nadie se va a oponer en que gastes una pequeña fortuna en los peces de plata. Prioriza. El colchón, los platos, los sartenes. Los peces pueden esperar. Perdiste mucho tiempo buscando, ahora sólo quedan algunos meses para que disfrute su casa, la casa perfecta, sin escaleras, sin obstáculos para que deambule, fresca a pesar de que por todos lados entra el sol. Está lista, las paredes blancas, los pisos pulidos de mármol, sólo faltan los muebles. Dijeron que seis meses, pero tú sabes que es menos. Que pueda disfrutar su casa, eso quieres, que vengan todos a la casa de la playa a pasar la navidad. Después de eso ya podrá morir, no en el hospital, no, en su casa.
Los muebles deben ser frescos y resistentes. Una tela de algodón que no cause que las piernas suden en el calorón de abril y mayo. Una tela fresca aunque tengas que lavarla constantemente, porque se ensuciará con lo que a ella se le caiga de las manos, con el alimento que derrame y la medicina que escupa.
No puedes saber en realidad, dijeron seis meses pero quizás viva más tiempo. Los viejitos dan sorpresas, son muy fuertes. Hace dos años se sobrepuso, aunque en aquel momento, tú no lo sabías, pero ella tenía una razón para vivir. Ahora las cosas han cambiado, pero uno nunca sabe, siempre hay cosas te amarran a la vida. Ella es tan fuerte. Quiere vivir. Quiere vivir y a veces tu ya no quieres que quiera. Anoche el dolor fue insoportable. Pensaste que se iba, eso parecía. Le diste la mano y ella se trabó como en un grito callado. Luego volvió a respirar y tú también.
Contesta el teléfono. Diles que aún no terminas, que tienes que elegir los muebles de la casa, por eso no estás en el hospital. Contesta, siéntate en ese sillón de piel, ese que jamás comprarías porque es oscuro, habla y explícales. Diles que quieres tener todo listo para cuando la lleven a la casa. No se va a morir como cualquier enfermo en el hospital. Ya están las paredes pintadas, los baños listos y arreglados, la piscina remodelada para que los niños jueguen y ella se sienta acompañada. Sólo tienes que comprar la sala, un sillón, algo para que todos se sienten cuando vayan a visitarla. Contesta y explica. Diles que ya sólo vas a comprar la sala. Si ella hubiera venido a escogerla hubiese sido tan fácil. Debiste haber pedido ayuda, que alguien más te acompañara. Tú no puedes tomar decisiones. Tu niño juega a esconderse entre los sillones. No puedes perderlo de vista. Te dicen que te entregarán los muebles la próxima semana. No importa, cómpralos. Ella va a morir, todos vamos a morir. Ella va a morir antes que tú porque nació antes, eso no es una tragedia, es parte de la vida. Debes ir al departamento de crédito. Es parte de la vida.
Dile a la señorita que te lleven los muebles antes, diles que hoy, que los necesitas hoy. Diles que tu madre se está muriendo, que son para ella y por eso te vas a llevar la sala que está ahí, en exhibición, no importa cuantas nalgas se hayan sentado, ni cuantas piernas hayan sudado ahí. Tu hijo se acostará en la sala sucia, nueva, costosa y sucia y ella va a morir de todos modos.
Vete, busca otra tienda, una donde te entreguen los muebles de inmediato. Conglomerado, aserrín compacto y telas sintéticas. Muebles baratos y desechables para las casas de playa, presentables para las visitas esporádicas que no harán nunca un hogar ahí. Contesta el teléfono y diles que ya casi vas al hospital, pero primero tienes que ir a buscar un lugar del cual puedas salir con una sala lista para poner en la casa. Aunque no te guste pero que sea cómoda, que pueda quedar cuando ella muera, para que todos se reúnan a recordarla. Hablarán de cosas buenas, de su bondad y de los buenos momentos. Olvidarán la fiebre, la inconsciencia, el dolor del cuerpo lo olvidarán.
Los pasillos del hospital son largos. Todos están ahí, te miran, sientes el reproche en su mirar oblicuo, en sus brazos cruzados cuando pasas. Te quitan a tu niño para que puedas entrar. La puerta del cuarto está cerrada. La abres y desde ahí sólo ves médicos. Es la primera vez en meses que en el cuarto todos están vestidos de blanco. Recogen todo, quitan los electrodos del pecho de tu madre, sacan la aguja de la vena de su brazo, sacan las máquinas. Todavía su piel es suave y tibia. Afuera alguien llora a gritos. No sabes quién es, el llanto no se parece a la voz de las personas. No llores, recárgate sobre ella, cierra los ojos, descansa.