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Tierra de por medio ¿Somos isla o continente?

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De los labios de un biólogo experto en insularidad, frente a un curioso mapache enano que salía de uno de los manglares de la punta norte de Cozumel, escuché esta fascinante generalización: los animales pequeños en el continente suelen ser más grandes en la isla, y viceversa. Especiación y diferenciación, explicaba el biólogo mientras el mapache se me acercaba sin recato, pero yo ya no escuchaba. Una serie de extrapolaciones falaces habían comenzado a poblar mi cabeza. Al mapache enano se le unieron Napoleón Bonaparte y Fidel Castro.
A Castro su isla siempre le quedó chica. Lo remedió poniendo en cada uno de sus compatriotas la idea de una Cuba tan grande que bien podría ser continente. Como la realidad es un mar de ideas compartidas, la estrategia de Fidel funcionó. A Bonaparte, Córcega también le quedó chica. Cuentan sus exégetas que tuvo que apropiarse de Europa para compensar su acento insular. Fríos y dolorosos debieron haber sido los últimos años del General en la Isla de Santa Elena, un pedazo de tierra de 121 km², apenas una sexta parte de Cozumel, isla que a su vez equivale a una séptima parte de su natal Córcega, proporción que también ocuparía esta última si se sobrepusiera sobre el mapa de Cuba.
Felices los insulares, al menos los cozumeleños, de la belleza de su refugio. No son una comunidad que pretende fundar la Nueva Atlántida, pero sí se saben solos y distintos. Preocupados también por el delicado equilibrio que deben guardar con sus recursos naturales y las dificultades que implican la extracción de agua, el sumistro de combustible e insumos. Quizás por ello, Francis Bacon, ínsular él mismo, sostuvo el desarrollo de la utópica atlántida en el gobierno del conocimiento. En una realidad acotada y estrecha bien podríamos librarnos de los políticos.
Pero a mí lo que me ocupa, ya bien arraigada en el continente, es la desproporción insular, y la memoria me trae un villancico atribuido a Sor Juana:  “Si Dios se contiene / en el Sacramento,/ allí está contento / de estar contento.” En estos versos, la supuesta Sor Juana juega utilizando la misma palabra en dos acepciones diferentes, una vez como adjetivo y otra como verbo: “Aunque velo cubre / su Poder supremo, /lo descubro, porque /en su velo, velo.” Y así sigue con un anhelo que anhela, y un aliento que alienta, y siempre termina con la bella afirmación de que Dios infinito está contento al estar contenido. La contención de Dios en el sacramento no me interesa, pues inútil es reflexionar sobre lo que no puede aprenhenderse, lo que me gusta es la posibilidad de que la contención provoque alegría.
La palabra ínsula evoca separación, aislamiento, “tierra echada al mar”, dice Ortega y Gasset. En la isla, me dijo el mismo biólogo que provocó esta reflexión, hay una tendencia a la extinción, latencia que resulta deliciosa para contraponerse a la contención que ofrece el continente.
Ninguna afirmación definitiva, querido lector, puedo ofrecerte sobre la naturaleza de la insularidad o de la continentalidad, ni que el insular es melancólico y el continental feliz, ni que uno sea origen del empirismo británico y el otro del idealismo alemán. Ni siquiera que las útopías son necesariamente ínsulas y que el útlimo reducto del fracaso de aquellas aun pervive en una isla y tiene nombre. Lo que me interesa es una metáfora en la cual vivimos. Siempre jugamos a ser islas y somos a la vez continentes. El cuerpo es ínsula, carne con piel limítrofe y es también continente de sus propios órganos y de, concédeme el dualismo, la mente; isla a su vez, rodeada de un océano casi siempre apacible y navegable, y continente también de todos aquellos que nos habitan. Y quizás la isla sólo se vuelve incontinente cuando todos los navíos han partido o cuando los anclados a sus costa, como sucedió en Santa Elena, son barcos enemigos, y quizás el naufragio no sea el peor de los destinos.