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Zitlala y su ancestral culto a la violencia

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 El carnaval de Los Xochimilcas; el carnaval de los madrazos
 
Fotos y Texto: Javier Verdín
Es casi seguro que en los tiempos actuales no hay mayor contradicción social, religiosa y festiva en el estado de Guerrero que lo que ocurre en el municipio de Zitlala, un municipio ubicado en la Montaña Baja, casi pegadito a la histórica y hoy vejada Chilapa.
 
Ahí, en ese municipio de 22 mil habitantes, dos veces por lo menos al año, el ancestral culto a la violencia cubre de rojo la plaza principal y las dos fiestas que ahí se celebran.
 
La primera, la llamada Pelea de Xochimilcas, es parte de las festividades carnavelescas y se lleva a cabo en la víspera del miércoles de ceniza.
 
La festividad es brutal: hombres, mujeres y niños llegan a la plaza principal de Zitlala para enfrentarse a puñetazos contra sus rivales de barrio. Nada de patadas, nada de golpes bajos. Puñetazos de la cintura al rostro. Esa es la regla. Puñetazos que hieren, que desangran, que inflaman rostros y dejan huellas permanentes. Puñetazos de profunda fuerza.
 
Una festividad ancestral que dicen surgió cuando pueblos llamados xochimilcas llegaban cada año a saquear el pueblo y a robarse a las mujeres nahuas de Zitlala. Hasta el día en que los hombres zitlaltecas se disfrazaron con atuendos de mujer para engañar y derrotar al enemigo.
 
De ahí, la fiesta ha derivado en peleas donde chocan los barrios de Zitlala: San Mateo y la cabecera municipal en contra del barrio de San Francisco y otras localidades colindantes con este barrio como Tlaltenpanapa.
 
Pasado el mediodía la violencia estalla en la plaza, los retos de uno contra uno se dan en cada espacio, las miradas arden y los ojos se hinchan por los golpes y el mezcal que corre de los garrafones a la boca de quien lo pida.
 
Alguien recuerda que se esa forma también se le rinde culto a los Dioses para pedirles que hagan llegar buenas lluvias para las cosechas de temporada.
 
La violencia carnavelesca de siglos, en medio de la otra violencia, la actual, la que tiene sumido a Guerrero, y Zitlala en particular,  en un carnaval de horror de desaparecidos, asesinados, secuestrados, violentados.
 
Algún día, la gente piensa, esta última violencia, la “violencia mala”, se irá y sólo quedará la de estos días de carnaval: la que enfrenta a puñetazo limpio a los hombres, mujeres y niños de Zitlala. Con la que se le pide al cielo buena lluvia. La que deja a la plaza de Zitlala embarrada de manchas rojas y sudores de guerra.